A Dead Man Walking

Had his heart broken years before
He wandered lands for far too long
Searching for his missing soul.

Sometimes right and sometimes wrong
He traveled feeling all alone. 

He visited places
and met some strangers
Nothing ever was the same
and he felt like going insane. 

He cried to sleep at nights
moaning, screams and shouts.

Mornings went, morning came
but nothing ever changed.
She was gone, she wasn’t coming home
and he was feeling all alone. 

She was dead, heart flown away like a kite
he couldn’t even say goodbye. 

Since she left he lost it all,
mind, heart and soul. 

He wanders land for far too long,
A dead man walking all along. 

Visitantes

Nunca tardan mucho adentro. Durante el día, la tarde e incluso la noche, llegan de pronto, entran por unos momentos y luego salen. Pero nunca son los mismos después de hacerlo.

Hombres altos y bajos, delgados y obesos. Mujeres atractivas y otras no tanto, enfermas y afortunadas. Blancos, negros, mestizos, todos. Todos llegan y tocan en la puerta metálica, ésta se abre y se cierra después de ellos. Momentos después se abre de nuevo para dejar salir a la persona que entró y dejó un poco de su alma a cambio de respuestas. 

Nunca tardan mucho adentro, pero todos salen del lugar con la angustia de no saber si hicieron o no lo correcto al adelantarse a su tiempo. Unos lloran pidiendo respuestas a un hombre muy viejo. Otros suplican a una mujer de largos cabellos. Nunca es la misma persona. A unos cuantos simplemente los recibe una luz.

Un ser les habla y ellos escuchan. Cuando calla, ellos hablan. Cuentan sus penas, sus miedos, sus vivencias. Piden. Piden. Piden. Lloran. Lloran. Piden. Se desbaratan ilustrando los peligros de la vida. Recuerdan a una mujer que se tiró de un Puente. Preguntan sobre un hombre que habita un lugar que parece vacío pero no lo está. Sufren ante el silencio del ser cambiante. 

Para cada visitante el dador es diferente. Cuando vuelve a hablar, ellos callan y cuando acaban las palabras, se arrancan un poco de alma a cambio de un poco de luz. La puerta se abre y ellos salen cambiados para siempre. 

El lugar parece vacío pero no lo está. 

 

El lugar parece vacío pero no lo está. Hay alguien adentro y no se sabe por qué.


El lugar está tan viejo y abandonado que el techo podría colapsar en cualquier momento. A las paredes les faltan ladrillos, unos cuantos aquí y bastantes allá. Las vigas del techo están tan roídas y putrefactas que es casi un milagro que sigan en su lugar. Lo que antes fue una gran mansión, ahora no deja de ser el lugar más lúgubre de la calle. Jardines vueltos pantanos. Arbustos vueltos guaridas de animales salvajes. Portones vueltos obstáculos oxidados entre el mundo real y la fantástica existencia de un palacio hundiéndose en el olvido y el cemento. 

Las mujeres rehuyen del lugar. Los niños miran desde lejos y sólo a la luz del día, de noche es demasiado terrorífico hasta para un adulto. Pero no para el hombre que entra por la parte trasera y se inserta, con toda y adormecida e inútil humanidad en la también agonizante edificación. Llega hasta la habitación principal, se tumba en un viejo y polvoriento sillón, que al momento suelta una nube de vejez y soledad sobre el humano, y cierra los ojos. Entre suspiros se le va la noche, llega la madrugada y él sigue sumido en el silencio que se rompe de vez en cuando con las pisadas de ratas, ratones y algún felino. 

Cuando llega la mañana y el sol sale en lo alto, el cuerpo se arrastra lentamente entre los recuerdos de un lugar en ruinas y la ruina de un recuerdo que busca un lugar para respirar por última vez. Nadie lo ha visto entrar o salir. Solamente yo sé que existe aún después de haberse ido. Después de acostarme, él viene a mi y le escucho contar la misma historia todas las noches, me arropa y luego sale de mi habitación rumbo a la parte trasera de la mansión.

El lugar parece vacío pero no lo está. 

Cómo una mujer se tira de un puente

Abres los ojos. 
Estás sentado en algún lugar de tu casa y comienzas a escuchar el ruido que hace el refrigerador. Cada vez más fuerte. Te preguntas cuántas veces lo habrás escuchado y no puedes dar con un número que se acerque a la realidad. El ruido termina y sigues buscando el número. El aparato suena nuevamente y la cifra sigue huyendo de tu mente. 
Silencio. 

Escuchas una plática a lo lejos y cada vez las voces se hacen más claras. Entras en la conversación sobre si el cigarro te mata lenta o rápidamente pero no dices nada. La plática entre las dos personas ahora incluye risas. Las odias. Odias a las personas, la conversación y al mundo.
Cierras los ojos.

Todo es más claro así. Las risas ya no resuenan. Una llave entra en un cerrojo y se abre una puerta. Se enciende una luz y la puerta se cierra. Se apaga la luz y se enciende un televisor. Se abre una ventana. Se asoma una cabeza que fuma una y otra vez. Lagrimas corren por sus mejillas. El cigarro se apaga. 
Silencio. 

Una luz se enciende. Una llave gira y comienza a caer agua. Una puerta se abre y un cuerpo desnudo se acerca. El cuerpo entra en la regadera y la puerta se cierra. La luz se apaga. Alguien murmura una canción. 
Silencio. 

Un teléfono suena. Las luces de un árbol navideño parpadean. Un gato mira por la ventana. El teléfono suena. Las luces brillan. El gato camina. El teléfono suena. Las luces se apagan. El gato se aleja de la ventana. El teléfono deja de sonar. Alguien dice algo. Alguien calla. Alguien grita. Alguien llora. Alguien corre. Una puerta se abre, pero no se cierra. 
Abres los ojos.

A lo lejos todos corren hacia ti. Te quedas inmóvil y todos pasan a tu lado. Al voltear encuentras a mucha gente y te abres paso entre la multitud que escucha, que pregunta, que busca números, que platica, que ríe, que gira llaves, que abre puertas, que enciende luces, que fuma, que llora, que murmura canciones, que dice algo, que calla, que grita, que llora y que corre, pero que no puede sino mirar cómo una mujer se tira de un puente sin poderla detener. 

Silencio.