Memorias de una noche que llegó una vida después

Memorias

La otra noche fue totalmente diferente de como pensé que sería. La verdad es que no le hago mucho al karaoke (sólo al canturreo intenso en casa y en la ducha, #OhNoSheBettaDont) pero fue totalmente agradable el dejarme ir y cantar con viejas amistades (por Dios, “Fancy” at the Karaoke people! I-G-G-Y!) algunos temas del corazón, actuales y no tanto.

La velada no se detuvo ahí, ya que tras una parada técnica para rellenar el combustible de algunos con deliciosas hamburguesas al carbón, nos dirigimos a la parada final en la que planeaba quedarme sólo un rato. Ajá: de pronto te encuentras con seres queridos de otros tiempos en que las cosas no eran tan complejas, en que la escuela era de 7 a 3 y durante ese tiempo los chismes sobre las clases eran way more interesting que las clases en sí. Fact. Qué belleza. La familiaridad resurge después de años (que parecieron toda una eternidad) y los abrazos y sorpresas no dejan de llegar.

Es bárbaro encontrarse en situaciones que creías serían especiales y que se vuelven totalmente increíbles. Se nos fueron las horas en risas y cantos, chismes de personas que todos conocimos pero pocos recordamos. Salió a la luz gente que todos odiamos, otros cabrones que muchos amamos y otros que lamentablemente desaparecieron sin dejar huella. Pero lo especial no radicó en el ¿Se acuerdan de fulano? ¿Se juntaba con perengano? ¿A poco no estaba súper idiota mengano?, sino en las sonrisas y las carcajadas que revivieron nuestros años de adolescencia y pre-adultez. Una vida antes de nuestra vida.

Lo curioso es que los presentes ocupamos distintos espacios en grupos diferentes, con otras amistades más frecuentes, “ondas” distintas, pero la vida nos puso ahí, juntos, con unas copas de esto y otras de aquello. “Paramos el taxi”, nos reencontramos en “La Calle de las Sirenas” y le cantamos bien harto a “Isabel”. Entonados, revivimos por unas horas miles de historias que escribimos años antes y que sin quererlo comenzamos a recordar y al mismo tiempo hicimos espacio para muchas más. Todas estas memorias me hicieron la noche, una noche que llegó toda una vida después de la vida que tuvimos todos juntos, diez años atrás.

Cucarachas en una jaula

Cucarachas

Le pese a quien le pese, ella es una mala persona.  Es más que mala, es tóxica e irritante, falsa y arrogante. Siempre mostrando pequeños detalles aquí y allá que más tarde va a cobrar con todo el cinismo del mundo y una cara de no rompo un plato, pero sí una vajilla. Tuvo que pasar mucho tiempo y se tuvo que aguantar mucha mierda para que se mostraran las primeras señas de debilidad, pero afortunadamente el momento se dio.

 Inconformidades que se repetían cada ocho días, como reloj. Incomodidades que comenzaban como salpullido con el sonido del portón, con saludos vacíos y el constante ruido antes, durante y después de la comida del único día de la semana que se dignaba a aparecer por unas horas, cinismo incluido por supuesto. Susurros aquí, muestras de una cierta inquietud sobre una u otra cosa. Más susurros que desaparecían con el abrir de una puerta y reanudaban cuando ésta encerraba a la persona en la habitación.

"Inconformidades que se repetían cada ocho días, como reloj".
“Inconformidades que se repetían cada ocho días, como reloj”.

 El día de la rebelión llegó con los mismos susurros de siempre, los mismos comentarios de siempre, la misma charla irrelevante de siempre y los mismos deseos de chingar de siempre. Tóxico. Irritante.  Repugnante. Asfixiante. Y hasta ahí quedaron las ganas de no querer respirar y se soltó el mismísimo infierno en la tierra de los que no soportarán ni una más. Ni siquiera una.

 La puerta se abrió de golpe y la más rabiosa y enérgica de las voces se apoderó del espacio, el tiempo y se tragó por completo los susurros, los tomó por sorpresa y los desvaneció de una vez por todas. El escándalo. Las preguntas, interrogantes y punzantes sobre los desvaríos e infortunios de la vida misma. Las excusas, obviamente desviando lo evidente, ocultando lo presente del instante, mostrando miedo y asombro… más asombro que miedo, pero de eso a nada ya no se ve el abismo. Lo que se acarreó por días, semanas y meses se liberó en meros minutos que cambiaron por completo la dinámica de la casa.

 Desearía recordar la fecha exacta de la fumigación,  pero esa no es la función de esta carta: la intención es no olvidar la opresión, dolor y angustia que la sangre ocasiona sobre y contra la misma sangre. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante. Deberíamos cambiarlo a No hay invitados malos que vengan cien años, ni parientes que los aguanten.

 Hay que fumigar constantemente o en caso contrario el veneno llegará desde el interior y consumirá todo y a todos. Se debe enfrentar al enemigo, derribar el muro de “familiaridad” que no nos deja visualizarlo, esconder el miedo y mostrar las garras, sean largas o cortas, de cualquier manera sirven. Lo que no funcionan son las reflexiones de cinco minutos, ni las soluciones a medias: esto es como querer atrapar cucarachas en una jaula, por un momento nos sentiremos aliviados hasta que veamos como las desgraciadas se escapan por las rendijas y vuelven a contaminar lo que esté a su alrededor.

Le pese a quien le pese, ella es una mala persona. Un ser tóxico con el que no pretendo lidiar más. El problema reside en la “familiaridad”, factor relevante e importante, lo quiera o no. El ser tóxico seguramente no se sabe tóxico, por lo que a quien le toca retirarse y huir es a mí. Lo que queda por hacer es aguantar e ignorar. Aguantar e ignorar. Aguantar e ignorar, hasta que los susurros vuelvan y entonces, Dios los agarre confesados, que se desatará nuevamente mi infierno en la tierra.

El vocho amarillo

No era un vehículo como los demás. Lo único que se sintonizaba era una estación que tocaba las mismas cinco canciones todo el día. Los viajes eran todo un fastidio, pero lo peor de todo era el calor infernal porque las ventanas no subían ni bajaban.

IMG_0854El Charro conducía el vehículo de las 6 a las 11 de la mañana. Al terminar su turno lo dejaba en un lote donde llegaba El Negro. Él se lo llevaba de las 11 hasta la medianoche. Los taxis de la ciudad eran color púrpura con franjas doradas. Una cosa horrorosa. Pero el vehículo que manejaban los empleados de El Dani no era como los demás: era color amarillo. El Negro le decía de cariño pollito. El charro era muy serio y nunca decía nada. El Dani era un hombre alto, encorvado, muy sonriente y somnoliento. Quería a su vocho amarillo como ningún hombre antes había querido un pedazo de fierros y hules.
Cada vez que veo pasar un taxi, recuerdo el carro de aquellos locos. Me llevaron de aquí para allá varias veces y siempre los encontré extraños, como su vocho amarillo. No eran como nadie más que conocía. No eran nada de este mundo. Y precisamente por eso es que los recuerdo y extraño tanto.

Nostalgia o La edad

Nostalgia

Ayer me subí a un columpio, aún en contra de mi mejor juicio, pues últimamente estos artificios mecánicos revuelven mi estómago de la peor forma posible. Tras alejarme de él en cuanto el malestar comenzó no pude sino pensar en los enormes cambios que experimentamos al crecer… y nos damos cuenta de chingadazo. Sí, es verdad: lamentablemente ya no tenemos diez años y ahora cada decisión cuenta y pesa, vaya que pesa. Lo miré desafiándome, recordándome tantas y tantas ocasiones en las que me columpié de aquí para allá en cientos de parques y otros lugares en los que un simple juego de cadenas, tornillos y asiento seducen hasta al más serio de los infantes. Por supuesto que volví a treparme al mecanismo endemoniado que una vez más revolvió mi interior y me hizo querer más sin poder, sin poder hacerle caso a esa voz en la cabeza que te dice ya no estás para estos trotes, ya pesa la edadY vaya que pesa.