Vacío 

El departamento 207 nunca fue muy grande, ni muy iluminado o ventilado. Siempre tenía ruidos aquí y allá, incluso varias goteras en época de lluvias. Había que darle un golpe recio a la puerta para que abriera, y al cerrarla siempre había que empujarla. En ocasiones si se hacía con demasiada fuerza, la puerta se atoraba y no había más que esperar a ser rescatado. 
Las ventanas daban a la parte trasera del edificio, a un pequeño callejón donde se encontraban los botes de basura y otros cacharros viejos, como letreros oxidados, sillas rotas, sillones despedazados. No era la mejor vista, pero había algo en la tranquilidad del callejón que todos los habitantes del departamento siempre se tomaban tiempo para mirar por las pequeñas ventanas.
El cerrojo de una de las ventanas siempre estuvo defectuoso. Unas veces cerraba con normalidad, y otras solamente lograba engañar a quien por un momento se recargaba y al instante se hallaba en al aire, flotando por un momento, sólo un momento que se transformaba en un descenso fuerte, rápido, que llevaba directo a uno de los tambos de basura.
Ahí quedaba uno, embotellado, quebrado, incómodamente sin vida después de pasar unos momentos, unas horas o días, algunas semanas, quizá meses. No importa cuánto, realmente. El 207 siempre reclamaba su derecho a ser pequeño, seco, sin ventilación ni luz. Un cabrón egoísta que a la primera oportunidad te manda al vacío para quedarse de nuevo igual, vacío. 

En silencio

Eran las seis de la tarde cuando el ser pequeño llegó hasta el punto de encuentro: una banca despintada, rota y vieja en la parte sur del parque, la menos concurrida, la parte olvidada. Tras mirar rápidamente su reloj, se percató que alguien se acercaba. Una figura de gran tamaño envuelta en una gabardina y cubierta por un sombrero se detuvo frente a él y dijo levemente:
– Es hora. 

Cruzaron el parque hasta la parada de autobuses en la esquina de la calle de enfrente. Pasaron unos minutos hasta que un vehículo arribó, gente descendió y muchos otros ascendieron, el autobús se fue y ahí quedaron ellos. El siguiente auto tardó en llegar, pero esta vez ambos lo abordaron. Pagaron la tarifa y sin decir palabra recorrieron el pasillo para acomodarse en los últimos asientos. El recorrido fue como hasta ahora, en silencio. Calle tras calle, avenida tras avenida, uno miraba a la gente pasar por la ventana y el otro al lado contrario.

Cuando el autobús llegó al centro de la ciudad y estacionó en una base debajo de un puente, solo quedaban ellos dos. Ambos bajaron del vehículo, subieron a la acera y comenzaron a caminar uno detrás del otro. Bien parecía que la figura en la gabardina cuidaba del pequeño ser que andaba delante suyo. De pronto el primero se detuvo y miró a ambos lados de la calle. Se veía confundido, agobiado, perdido. Bajó la mirada y se encogió de hombros. Entonces cambiaron de lugares y retomaron la caminata uno detrás del otro.
Después de 20 minutos de viaje, doblaron la esquina y se detuvieron frente a un viejo edificio, el primero se hizo a un lado y el pequeño tocó el timbre. Tras unos segundos la puerta se abrió tras un sonido chillante. Ambos se miraron y un momento después cruzaron la puerta. Un pasillo largo y muy angosto les esperaba. Lo atravesaron y llegaron a una pequeña sala de espera con cuatro sillones individuales, tres de los cuales estaban ocupados. Del otro lado del cuarto se encontraba una gran puerta de esas gigantes que ya casi no se hacen. Las personas que esperaban rápidamente miraron hacia la entrada donde la figura del pequeño se movía lentamente hacia el sillón vacío. Cuando el mueble estuvo ocupado, los demás dejaron de mirar.
La gran puerta se abrió un poco y una voz pronunció el nombre del pequeño. Los demás voltearon a mirarlo nuevamente y el pequeño se levantó del sillón y se dirigió a la puerta. Miró atrás buscando a la figura en la gabardina, pero lo único que encontró fue su sombrero flotando en el aire. Después de unos momentos desapareció. El pequeño se volteó, cruzó la puerta y ésta se cerró tras él. 
– Ahora sí creo que es todo, doctor. Me he vuelto total y completamente loco.

Marco

La curiosidad pronto se convirtió en una gran duda cuando de pronto dejamos de saber de él. Amable, como pocos, aparecía siempre a la misma hora y casi nunca se escuchaba su voz. Había algo en su mirada que no encajaba con lo demás que se veía a simple vista. 

Como sucede a veces, se fue de la misma manera en que llegó: en silencio, sin que el pequeño mundo en el que vivimos se enterara o siquiera se interesara. La Pascua fue el pretexto perfecto para su repentina huída. Cuando la Cuaresma se desvaneció como cada año, la espera por el joven del piso de abajo comenzó: un día, dos y el tercero se volvió una semana entera. La semana llegó con otras tantas y aún no hay rastro de las razones de tan repentina desaparición.


La incertidumbre por momentos se recuesta cómodamente en mi mente y me hace pensar que muchas personas vienen y se van antes de que siquiera podamos saber sus nombres. 

Boomerang



It’s been a week. More even. And it just hit me, again: life’s unpredictable.

One day you’re trying to forgive and forget and the next day you’ll be forced into the rabbit hole watching your whole life passing by as you fall, until you hit the ground, die and come to life to live it all again. 


What if I didn’t run to get the subway? What if I have stayed a little longer partying? Maybe I wouldn’t have run into him. Just maybe. But what if I’d decided not to talk to him? What if I just looked the other way, or even run away? Would life put us in the same path again tomorrow? The day after? In two weeks or a month? Could that happen?


Will I ever stop wondering?

Will I ever stop pretending I care?

Will I ever let go this boomerang of a life I don’t want anymore?