Cada Vez.

 

Capítulo 2

 

[ Everytime ]

Es bastante triste escuchar sobre la devastación de un pueblo por una inundación. Digo esto, no porque los terremotos, huracanes o tornados sean menos peligrosos o atemorizantes, no. Lo digo porque nuestro pueblo siempre estuvo en contacto con el agua. Solía pensar que lo peor que podía pasarle a nuestra gente sería una lluvia ácida. Los más ancianos perderían la cabeza, y a sus vacas.

 

Por supuesto, Corette y yo siempre imaginábamos desastres en nuestra numerosas aventuras. Pero nunca esperábamos que salieran de nuestro mundo imaginario para cobrar vida en una horrenda realidad. No es que tuviéramos la culpa de todos los males en el mundo, y en especial en nuestro poblado, pero a veces se sentía así. Corette solía derramar lágrimas cuando veía a un animal maltratado o a un niño ser castigado sin razón alguna.

 

En algún tiempo imaginé que las lágrimas de Corette podrían llenar el pozo que se encontraba en un costado de la plaza mayor. El mencionado, no era un pozo común. Era una simple pero bien construida estructura para guardar agua, no para extraerla del subsuelo. Una especie cisterna. Cada vez que miraba esa estructura, la imagen de mi amiga aparecía en aquel día azul. Ahora mismo estoy visualizándola con sólo recordar el viejo pozo y el incidente del hombre de sangre azul.

 

Una vez, llegó a la posada del pueblo un hombre que dijo venir de tierras lejanas. Los dueños de la posada no hicieron más preguntas cuando el hombre mostró varias monedas de oro con las que pagaría la estancia de una semana. Cuando el rumor del forastero se corrió en el pueblo, todos querían asegurarse de las monedas de oro, pues hacía mucho tiempo que no se aparecía alguien extraño con monedas que no fueran de plata, con las que se comerciaba en nuestro poblado.

 

Era temporada de sequía y el agua del río no abastecía al pueblo, así que se racionaba aquella que se encontraba en el pozo. Faltaban sólo dos días para que se venciera el plazo de la posada, y el inquilino no daba señales de querer abandonar el cuarto. De hecho, cada día se adecuaba más al pueblo y a sus habitantes. Comenzó a comprar artesanías y a informarse sobre la compra de inmuebles, causando un poco de desconcierto entre la gente.

 

Al mediodía del que ahora es llamado “el día azul”, el extraño se acercó al pozo y comenzó a inspeccionarlo. De repente comenzó a reír de alegría al momento que exclamaba que ese era el pozo más maravilloso que había visto en su vida, que debía tenerlo. Las personas que lo escucharon no sabían qué pensar. Por supuesto el griterío llegó a oídos del alcalde,  quien comenzó a hacer negocios y planes para presentarle al forastero. Indignación llenó los rostros de los habitantes de mi pueblo y tenían todo el derecho a estar molestos y a quemar todo aquello que se relacionara con el alcalde y el forastero. Pero esto nunca sucedió. Lo que sucedió fue lo siguiente.

 

El forastero sintiéndose dueño del pozo,  comenzó a extraer el agua para rellenar cientos de frascos que traía consigo en una gran maleta. Yo no podía creerlo. El agua del pozo mágico se estaba alejando. ¿Cómo sobrevivirían las criaturas mágicas que vivían ahí? No tuve tiempo de responderme, pues Corette entró en escena.

 

“Ande… lléveselo todo, deje a los demás sin agua y empápese con ella, llévesela en las botellas, ojalá y no se le rompan en su regreso a casa… ¡ANDE, LLÉNELAS!” Corette le gritó hasta el cansancio, mientras el hombre la miraba atónito. No entendía el frenesí de la pequeña. Nadie más que yo lo entendía. Yo sabía de la existencia de los seres del pozo y Corette y yo éramos una especia de guardianes.

 

Corette gritaba más y más fuerte. El hombre, desconcertado, retrocedió y tropezó con la maleta de las botellas estrellándose en el suelo sobre ellas. Los vidrios hicieron cortes en sus brazos y cara, ante la mirada de horror de la gente que lo rodeaba. Su sangre no era roja como la del promedio. Lo que choreaba de su cuerpo era un líquido azul verdoso. Nos habíamos encontrado a un brujo. Y no de los buenos. Las sirenas nos habían advertido.

 

El hombre se levantó y comenzó a recolectar sus botellas. “Son suficientes, por ahora. Pero volveré. No será la última vez que nos veamos, pequeña. Me debes varias botellas”.

 

Se preguntaran qué demonios significa lo que el hombre le dijo a Corette. Pronto lo sabrán y no será agradable, si pensamos que el hombre es un brujo de nombre Urz que no tolera a los infantes y que necesita el agua mágica del pozo para mantenerse joven, pues es agua que ha estado en contacto con los poderes de mis amigas las sirenas. La fuente de la eterna juventud, resultó no ser una fuente, sino un pozo.

 

La última vez que me asomé en aquel pozo mágico, vi mucho más que mi reflejo. Observé a cada una de las sirenas que había conocido durante mi vida en el pueblo. Me saludaban sin entusiasmo, como si no supieran que era mi último día en ese lugar. O como si supieran que nos seguiríamos viendo por mucho, mucho tiempo. Cada vez que veo una sirena, pienso en Corette y en su triste final. Cada vez que pienso en Corette, me gusta imaginar que una sirena pudo salvarla de su fatal destino. Ella desapareció. Murió para el mundo. Y sin decir adiós.

 

 

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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