Y cuando deseo: desearía que estuvieras aquí.

Capítulo 3

[Wish You Were Here]

El viento trae consigo ciertos aromas que nos remontan a otras épocas, a tiempos mejores o al menos a situaciones determinadas que se quedaron en la memoria olfativa por un tiempo y nos transportan en un instante a escenas diversas.

Un verano visitamos el mar en familia y al percibir el olor de la canela, siento que revivo bajo el castillo de arena que levantamos en aquella playa de Puerto Cristal. Fue el castillo más perfecto que había visto y hasta hoy en día recuerdo cada detalle de su estructura. Mi padre lo levantó en varios días, pero lo llenó de pequeños detalles hasta en el más mínimo rincón del arenoso palacio. Mi padre era un artista. Mi padre era incomprendido, pero amado al fin y al cabo.

Pasamos las mañanas recorriendo el puerto, las tardes jugando en la playa y las noches en una cabaña que le rentamos a un viejo barquero. El hombre tenía varios hijos que habían salido a encontrar tesoros por el mundo. También tuvo muchas hijas que se fueron a buscar maridos en los pueblos cercanos. Su mujer vivía en la cabaña donde se alquilaban instrumentos para pescar, remar, bucear y hasta planear. El surf era el gran negocio del lugar, pues las olas eran espectaculares.

Cuando me quedaba mirando el océano, podía visualizar a mis amigas las sirenas jugueteando por aquí y por allá. Supuse que ellas eran las creadoras de tan majestuoso oleaje. Entre al mar varias veces para jugar y conversar con ellas, pero extrañamente no se acercaron demasiado a mí. Al parecer mi olor había cambiado al caminar en el puerto y era un tanto repulsivo para las ondinas.

Si bien no me tocaban, seguían observando todos mis movimientos. Incluso el amanecer en el que recorrí toda la costa para llegar a un pequeño puesto donde se vendían postales. Entre las más coloridas con mensajes como “Ya que estamos aquí…”, “Lo logré. Visité el mar”, “Venga a Puerto Cristal”, encontré una que de inmediato me hizo pensar en mi querida Corette: “Wish You Were Here”. No es que no la hubiese invitado al paseo familiar, sino que los problemas de sus padres impedian que ella dejara su hogar, pues era en cierto sentido el pilar que mantenía la familia unida.

Corette era como el castillo que mi padre construyó en la arena: pareciera tener cierta fortaleza, pero en  realidad era muy frágil. El viento sopló muy fuerte la última noche que estuvimos ahí y el palacio se desplomó. Sonreí al verlo caer. Tan majestuoso un segundo y tan simple y ordinario al siguiente. “Así es la vida. Un momento tenemos fuerza y estamos de pie y luego nos caemos y nos cuesta levantarnos de nuevo. Qué lastima que sea nuestro último día aquí”, me dijo mi padre y no pude más que sonreír.

Esa noche, miré al cielo y mientras contemplaba las estrellas, pedí un deseo. Repetí el mensaje en la tarjeta que compré para Corette. “Wish you were here”. Sabía que Corette no entendería el significado de esa frase, pero de todos modos me daría las gracias y me abrazaría. No sería el último abrazo, afortunadamente. Pasó mucho tiempo desde mi regreso de Puerto Cristal antes que Corette desapareciera. Y sin decir adiós.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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