La Huida.

Capítulo 4

[Runaway]

Cuando en una parte del mundo es de día, en la otra la noche cobra vida. Cuando en una parte del mundo hay obscuridad, en la otra brilla la luz del sol.

Cuando anochecía, solía desear transportarme a la otra parte del mundo para seguir con luz y no tener que descansar por las noches. Cuando uno es pequeño, suele imaginar que se es invencible y que se puede lograr todo lo que se desee, mentalidad que por supuesto va cambiando conforme uno madura.

 

Corette y yo no guardábamos secretos entre nosotros. O al menos así parecía. Nos contábamos hasta los más absurdos pensamientos, y entre ellos estuvo el de la tele-transportación al lugar donde siempre brilla el sol, que fue lo que ella entendió de mi concepto de viajar a la parte del mundo donde fuese de día. Fuera de su casa, había un pequeño montículo de arena, donde solíamos jugar y hacer mapas de los lugares que visitaríamos.

 

La idea siguió gestando en su cabeza, y continuamente dibujaba círculos en la arena, los cruzaba por la mitad y señalaba con la letra x una de las partes. Pero era todo. Nunca decía algo aparte de dibujar los círculos, marcarlos y luego borrarlos. Parecía que no quería olvidar la idea y se empeñaba en recordarla día con día al menos por un momento.

 

Un día me encontraba jugando en los columpios del parque con otros niños, cuando a lo lejos vi a Corette. No es que mi vista fuera muy buena, pero aún a esa distancia podía verle la sonrisa dibujada de oreja a oreja. Algo había hecho. Corette sólo sonreía así cuando conseguía algo que quería o cuando se aproximaba su cumpleaños. Hice cuentas rápidamente y ese día parecía muy lejano. Tenía algo en la mano que brillaba con la luz del sol y me intrigó la idea de conocer aquel objeto misterioso. Grité su nombre, pero ella nunca volteó a buscar a quien la llamaba. Siguió hasta llegar a su casa. Bajé del columpio y me dirigí hacía ahí. Cuando abrí la puerta del zaguán, pensé que la encontraría jugando en el patio, pero no fue así. Lo único que encontré fue dibujos en el montículo de arena: círculos divididos por la mitad, con una x que marcaba uno de los lados.

 

“Lo tengo”, dijo Corette desde la puerta de la casa. Al voltear, lo primero que vi fue el objeto que brillaba con la luz del sol en sus manos. Corette sonreía de una manera especialmente extraña. “¿Qué tienes?”, pregunté.  La respuesta no pudo más que dejarme más confundido: “la respuesta a nuestros problemas. Con esto viajaremos hacia el lugar donde siempre brilla el sol. Es una brújula”. Sentí que mi boca estaba abierta de la impresión y la cerré de inmediato para después decirle a mi amiga que era una locura. “¿De dónde sacaste eso? ¿Es de tus padres? ¿O es que acaso la has tomado sin permiso?”. “La he robado”, dijo sin mostrar remordimiento alguno. Era más de lo que podía soportar.

 

Pasaron varios días desde que salí de su casa sin poder entender cómo se había atrevido a robar un objeto de una tienda de antigüedades . Ella me gritaba que volviera, que regresaría la brújula algún día, después que cumpliéramos con nuestro viaje. La ignoré y me dirigí a casa. El sentimiento de culpa no desaparecía y eso me hizo sentir realmente mal por algunos días, hasta que una noche, Corette tocó a mi ventana y susurró las palabras que acabaron por confirmarme su locura: “Es hora, hoy tenemos que huir. Está todo listo, tengo la brújula que nos guiará al lugar donde el sol siempre brilla”.

No hace falta decir que mi amiga parecía una gran fanática del sol y todo era mi culpa.

Me quedé helado sin poder reaccionar ante semejante proposición. Retrocedí y ella entró a mi habitación con un golpe seco en el suelo. Recuerdo que me explicó su plan, o al menos lo intentó. Al parecer, quería salir del pueblo para buscar ese lugar porque su madre había enfermado y no se tenía un buen diagnostico de su condición. Su abuela siempre le dijo que el sol curaba los males y ella quería ir a buscar el sol eterno para curar a su madre.

 

Estaba loca. Y no por querer curar a su madre, sino por querer encontrar el sol eterno antes de que amaneciera en nuestro condado. Era casi medianoche y los perros ladraban. ¡Los perros ladraban! Corette miró por la ventana y maldijo. La estaban buscando ya. No era posible, pues se había asegurado de no hacer ruido al escapar de casa, pero ya era tarde. La puerta del cuarto se abrió y su padre apareció con una cara de muy pocos amigos.

 

No hace falta decir que Corette huyó. Sí, antes de que el padre apareciera en mi puerta, Corette había saltado por la ventana y escapado hacía el bosque. Las sirenas me dijeron que estuvo vagando por ahí, jugando con ardillas y otros animales salvajes. Cuando la encontraron, estaba dormida, recostada contra el árbol más grande y frondoso. Eso fue dos noches después de la huída de casa. Corette era una aventurera y así de rápido como saltó por la venta, y desapareció para internarse en el bosque, así desapareció la última vez. Y sin decir adiós.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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