En exhibición

Sin-título-1

Le llaman “la torre de los amantes”. Es un edificio de tres pisos y varios cuartos que ocupa toda una manzana. El lector podrá asumir que se trata de un hotel, pero no es así. En un hotel uno paga un cierto precio para pasar determinado tiempo en un cuarto con o sin muebles para el descanso o la recreación. No es así en “la torre de los amantes”: se puede entrar sin pagar un centavo, sólo basta demostrar al encargado del lugar que lo que se siente es verdaderamente intenso. Eso es mucho más difícil de conseguir que el dinero para satisfacer placeres carnales.

En uno de los cuartos yacen dos jovencitas semidesnudas y completamente rendidas ante Morfeo. La habitación aunque limpia se mira desordenada, ya que el frenesí a veces lleva a no dejar las ropas y demás accesorios de moda en el lugar pertinente: aretes y collares en el suelo por aquí y por allá, faldas y blusas se enredan en el rodapié de la cama, casi junto al cuerpo de una de ellas, la más pequeña. La mayor se rindió al sueño no sin antes sujetar a su amada por la mano y profesarle amor eterno. ¿Que cómo sé que es amor eterno? Pues porque el encargado vio en sus ojos la ilusión de vivir la una por la otra con total sacrificio, y sí eso no es el amor…

En el cuarto de arriba, se encuentran un chico y una chica en medio de una agitada pelea: ella lanza platos de comida y por poco descalabra al hombre que está a punto de volar con tal de evitar los incesantes ataques aéreos. La pobre no deja de llorar y él no puede sino explicarse sin convencerla. Sus motivos los mantendré confidenciales, por seguridad de los afectados. El amor no siempre está de ganas para sonreír y suspirar el uno por el otro.

Unos cuartos más lejos dos chicos comienzan el ritual de la desnudez tan típico en tiempos de verano e insoportable calor. El primero toma de la mano a su amante y le acaricia suavemente mientras remueve la primera prenda, a la que siguen una y otra más hasta que uno queda en traje de nacimiento en espera de igualdad de circunstancias. Besos y caricias acompañan el proceso del faltante, que en cuestión de pocos minutos queda sumido en la total libertad y vulnerabilidad de la carne al descubierto. Llegan más besos de esos que son lentos, suaves, tiernos, certeros y muy sinceros. No hace falta que digan sus nombres ni santos y señas, un simple “mi amor” cierra el trato para que ambos se fundan en un abrazo y olviden el mundo y sus problemas.

Las dos jovencitas del primer cuarto despiertan empapadas en sudor y al verse con el maquillaje escurriendo y los labios despintados no pueden evitar el sonreír y reír la una de la otra. La felicidad que sienten por tenerse no deja que los gritos de arriba se escuchen tan terribles y amenazantes: uno quiere irse y la otra no lo dejará nunca, porque si no es de ella “no será de nadie nunca”. Ese último nunca no significa nada para los dos chicos que ahora se conocen todo, pero se han amado desde siempre.

A veces sólo se necesita encerrarse con alguien más para conocerse a sí mismo y poder aceptar que sin alguien que aguante lo bueno y malo del cuerpo mortal, no se puede vivir.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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