Magdalena

Magda

Siempre padeció insolación. El clima apagó su brillante piel y las piedras llenaron su cuerpo de llagas. Con apenas once años quedó sola en el mundo y nadie le enseñó a cuidarse; para los 15 recorría los caminos de tierra, de pueblo en pueblo, labrando la tierra aquí, recogiendo fruta y verdura allá sin saberse tan bella como lo era. Siempre pensó que la miraban por ser huérfana, no por lo agradable a la vista.
 Cuando cumplió 25 comenzó a trabajar en una Hacienda, como única hacendosa de la cocina. En aquel monstruo de construcción nadie osaba permanecer después del atardecer, por las supersticiones que la gente pasa de tiempo en tiempo fuera de la ciudad.
 Magdalena volvió su trabajo en su hogar, pues pasaba la mayoría de sus horas en dicho lugar; las demás se le iban en ir y venir a su verdadera casa. El camino de vuelta con el terrible clima de la árida región acababan con la mujer, que llegaba rendida al verdadero hogar.
 A punta de gritos la volvían a la vida para que se esclavizara en la cocina una vez más: el marido, un ejidatario heredero de grandes campos, vio en Magdalena a una bella y trabajadora jovencilla que seguramente le vendría bien. Al poco tiempo de conocerla la cortejó, enamoró y sacó de su casa; la alejó del pueblo y así comenzó el calvario de la pobre.
 La rutina de Magdalena estaba acabando con ella: el sol, los calores y lo extremo del viaje iban poco a poco mermando la voluntad de la mujer.
 Años de insolación la trajeron abajo el día menos esperado mientras caminaba hacia su trabajo. Con mucho esfuerzo llego a las rejas de la Hacienda, donde se desplomó con un golpe seco en el camino de piedra. Al momento, los demás trabajadores acudieron en su ayuda, sin saber que era, por mucho, demasiado tarde: Magdalena ya llevaba tiempo muerta por dentro.
 El médico de la casa, no tenía permitido atender a la servidumbre, pero al no estar los patrones , se hizo una excepción. Mientras él revisaba exhaustivamente a la mujer, ésta ya se alejaba de su cuerpo, de sus pocas pertenencias y de su miserable vida entre humanos.
 La mujer sufría de abuso en casa, por parte de su violento y soberbio marido, quien la orilló a trabajar como sirvienta y después la humilló por lo mismo. Ya en las labores de la cocina, el patrón no desperdiciaba ningún momento en el que encontraba a la muchacha sola para tocar su cuerpo, azotarla, violarla y luego culparla por provocarle deseos carnales.
Nunca pensó en terminar con su vida, pero la vida sí pensó en terminar su sufrimiento. Magdalena se esfumó de la faz del condado y nadie la extrañó por mucho tiempo: al notar su ausencia, la encargada del personal mandó traer a otra sirvienta de los pueblos aledaños, una que fuera "joven, maciza y obediente" y ahí quedó su recuerdo. Sus compañeros trabajadores le encendieron una veladora que duró prendida hasta que la campaña los volvió al trabajo y el aire acabó con su luz. Ahí quedó su recuerdo.
 La nueva Magdalena llegó al día siguiente para contar una nueva historia en la región. Lamentablemente también sería de abuso, desesperanza e insolación.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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