Sombras y gritos

Entrometido es la palabra que mejor describía a Don Rodrigo. Quizá era por la edad o porque la mayor emoción en su vida era el no ser atrapado espiando el interior de los autos que se quedaban en la pensión. La gente le calculaba unos 70 o 75, pero en realidad estaba por cumplir 87 primaveras. Sin familia conocida, Don Rodrigo llevaba muchísimos años trabajando como velador y los gajes del oficio lo llevaron a ser un tanto mirón, un poco metiche, bastante chismoso o entrometido… ¿ven? Otra vez la burra al trigo.

Sabía más de lo que debía sobre los quehaceres tanto de los que trabajaban en el Hotel Mediterráneo como de los clientes de la pensión, sin que ellos lo supieran o siquiera se enteraran de su existencia, pues rara vez volteaban a mirarlo al salir o entrar del lote al otro lado de la calle.

Día tras día salían por la mañana varios modelos de dos patas en sus modelos de cuatro ruedas (obviamente utilicé la palabra “modelos” con mucha soltura) y por las noches volvían al estacionamiento en el número 97 de la calle Mar Mediterráneo, a unas cuantas cuadras de Tacuba o Tacubita la bella, como lo escuche decir tantas veces de mi querida Paula María Cristina… pero eso es otra historia.

La noche iba tranquila, ya pasaban de las doce cuando apagó su destartalado radio y se sentó en su sofá, en la seguridad y comodidad de su oficina de dos metros por uno y medio en una esquina del estacionamiento. “Buenas noches”, escuchó de pronto y dudó que su radio se hubiese apagado. Se puso de pie nuevamente y se dirigió al aparato cuando las pocas luces del lote y la calle le permitieron ver una figura a unos cuantos metros del portón de la entrada. Don Rodrigo salió de su oficina para ver con más claridad la sombra que se acercaba lentamente a él.

“Buenas noches”, repitió la sombra y cuando el hombre respondió con otro “buenas noches” la sombra preguntó si ya había llegado Gerardo. Entonces le entró la amargura de la edad:  ¡Qué iba a saber Don Rodrigo de algún Gerardo!, él nomás cuidaba los coches y ya. Él era velador, no secretaria y mucho menos niñera. Y como a la mayoría de los hombres viejos la perdedera de tiempo lo puso de mal humor en menos de lo que la sombra dijo “Sí, Gerardo”. El molesto hombre se acercó al ente dispuesto a cerrar el portón y matar a dos pájaros de un tiro: acallar las preguntas y cerrar el estacionamiento para echarse una siesta.

Lo que menos pensó el hombre fue que al acercarse hacia la luz la sombra se reveló en la figura de una rubia preciosa, que digo preciosa, hermosa… y enfundada en un vestido que estaba a punto de reventarse. El enojo desapareció del cuerpo del viejo, quien no dejaba de admirar a la guapa muchacha. Ésta le dijo que se llamaba Camila, que venía de los Estados Unidos (ah, que internacional la fulana) y que buscaba a su galán (úchala… ni modo), quien se estaba alojando en el Hotel de enfrente. El hombre se creyó el cuento del país vecino, pero nunca había oído de ningún Gerardo, ni siquiera cuando la güera le describió al hombre y al carro que estacionaban en la pensión: un sedan verde con defensas negras.

Les digo que Don Rodrigo era metiche, metiche, pero eso sí malo con los nombres. Fácil le repetí mi nombre unas veinte veces cuando nos conocimos, pero jamás se lo aprendió. Así que imagínense si alguien, güera voluptuosa o no, viene y le pregunta por un fulano, pues qué se iba a acordar el pobre. Después de un “me da mucha pena, pero ni cómo ayudarle”, la mujer agradeció la atención y salió del lote. Don Rodrigo suspiró y quiso volver a sus actividades, las cuales involucraban un sofá y una noche de tranquilidad. Y digo quiso porque después del tremendo grito que escuchó nomás pudo brincar, agarrar un palo de escoba que tenía a la mano y asomarse a la calle en busca del alma en pena. 

Con más miedo que ganas, el hombre salió de su recinto y encontró nada en los alrededores. Se asomó un poco más y escuchó el grito de nuevo. Volteó la mirada y alcanzó a ver como un auto negro se pasaba el alto y doblaba la calle hacia la Avenida México Tacuba, dirección norte,  a toda velocidad. Al bajar la mirada el hombre encontró en el suelo un bolso gris, se acercó, lo recogió y decidió que lo inspeccionaría.

Regresó a su refugio y comenzó la investigación pertinente. Nada fuera de lo común: maquillaje, llaves, perfume, pasaporte que leía Camila Haines (vaya nombrecito, pensó el viejo) y varias tarjetas de presentación. El hombre suspiró indignado porque la propietaria del bolso no dejó por casualidad una cartera o de menos algunos billetes, porque la quincena pues iba muy lenta… o más bien se había ido muy rápido.

Así de rápido se iluminó el estacionamiento con las luces de un auto. Don Rodrigo miró su viejo reloj y pensó que era demasiado tarde para que un cliente de la pensión llevara su coche. De hecho, todos estaban ya dentro. El viejo salió de su oficina todavía con el bolso en la mano y escuchó a otro sombra hablarle de nuevo: “¿Ha visto a una mujer gorda y con pata de palo por aquí?”. ¡Qué absurdo! Era lo más absurdo que alguien le había preguntado en años, incluso para los alrededores de Tacuba. La sombra repitió la pregunta y Don Rodrigo se vio obligado a contestar: “No, pero hace rato vino una joven rubia buscando a…”. El hombre no pudo terminar la oración.

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La sombra se reveló esta vez en la figura de un hombre, y hasta el día de hoy Don Rodrigo no puede dar más detalles sobre aquel individuo, pues dice que lo que pasó después fue tan rápido que el sólo recordar le da dolor de cabeza: el sujeto se abalanzó sobre el viejo y le arrebató el bolso, entró a la oficina, tomó un papel y escribió sobre él unas líneas .Acto seguido miró al viejo y le entregó el papel. Un trueno interrumpió el silencio entre los hombres, comenzó a llover y el bolso desapareció entre las manos del sujeto que subió a su coche y dio marcha bajo la inminente tormenta.

Don Rodrigo salió del estacionamiento y observó a un sedán verde con defensas negras pasarse el alto y doblar hacia la México Tacuba, dirección norte, mientras la lluvia mojaba su atuendo y provocaba una mancha en el papel que el hombre le entregó. El agua borró parcialmente el mensaje: Hotel Agnes se leía al principio, busca a continuaba el texto, hasta un garabato ilegible para el viejo Don Rodrigo, para los elementos de la policía que llegarían después y para muchas otras personas, pero no para mí.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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