La llamada

El timbre del teléfono nunca me ha alterado ni un poco. En ocasiones cuando alguien llama miro el aparato e imagino quién será la persona del otro lado de la línea que espera que se interrumpa el tono. En esa ocasión que llegó una llamada, hice lo habitual. Un timbrazo. Dos timbrazos. Tres y cuatro. Cinco. Diez. Vaya, debe ser muy urgente. En fin.

Tome mi abrigo, salí de la casa y subí a mi auto rumbo al trabajo. En mi cabeza se paseaban varios pendiente de días anteriores que nada más no se habían podido aclarar. Ni idea tenía yo que de no aclararse pasarían a desvanecerse.  No llevaba ni cinco minutos conduciendo cuando tuve que detenerme. ¡Carajo, embotellamientos a esta hora! Pitazos de los conductores entre mentadas de madre y otras verbalidades del mexicano.

Pasaron cinco minutos más hasta que decidí bajarme del coche y echar un vistazo a lo que estaba deteniendo el tránsito. No podía ser tan grave, aún no llegaba a una avenida importante. Tan sólo doblar la cuadra me encontré con varios elementos de seguridad. Mi curiosidad se asomó de una de las bolsas de mi abrigo y ambos decidimos investigar.

Los policías me saludaron y me permití cruzar sus “barreras” de seguridad. Crucé palabras con dos de ellos y me señalaron primeramente un edificio grande y verde, con una palabra de cinco letras en lo alto. Después la mano se le fue hacia el lote de enfrente y la curiosidad se salió de mi bolsa sin más ni más.

Al entrar al estacionamiento lo vi: con todos los años encima, sentado en la silla de su oficina y tapándose el rostro con las manos, Don Rodrigo no sabía dónde esconderse. Me acerqué y al poner mi mano sobre su hombro, el viejo me miró y hasta pareció que le regresaba el alma al cuerpo. “Me dijeron que lo habían estado localizando, pero que no daban con usted… Ayúdeme, por favor. ¡Segurito que me corren! Yo nada tuve que ver”, me dijo. “¿Pues ahora qué hizo, Don Rodrigo?”, le pregunté. “¡Yo nada tuve que ver!”, gritaba una y otra vez. El hombre temblaba. Y cómo no, con una docena de policías encima de él.

“Este hombre no está para este nivel de acoso, así que para afuera, órale”, les dije a los intrusos y entre malas caras comenzaron a evacuar el lote. Cuando salió el último policía le pregunté al viejo qué había sucedido. Miré alrededor y mis ojos encontraron un papel arrugado. Volvería a él cuando Don Rodrigo estuviera más calmado. “Yo no hice nada”, empezó bastante enojado. Si supiera cuántas personas se aferran a esas cuatro palabritas. El hombre siguió contando lo sucedido y no quise detenerlo incluso cuando lo que contaba parecía salido o de una película o de un libro vaquero, quizá de alguno de tantos que tenía amontonados en su oficina.

Resultó que por todo el griterío de la madrugada, algún vecino llamo a una patrulla, pero los elementos decidieron llegar unas ocho horas muy tarde, lo que ocasionó el tumulto y embotellamiento en esa tan concurrida salida hacia la avenida. Ya a estas alturas no iban a encontrar ni a la muchacha, ni a los carros, ni a nadie.

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Le pedí al viejo que recordará algún detalle particular: la marca del bolso, su color, los modelos de los automóviles, incluso la hora exacta en la que sucedieron los hechos. Por supuesto fue mucho pedir. El hombre seguía más nervioso que un hombre en el consultorio del urólogo, pero repitió la parte final del encuentro con el sujeto y entonces recordé el papel. Me levanté y tomé el pedazo de nota ya casi ilegible.

“Yo creo andaba borracho, porque me dio un nombre que ni siquiera es de este lugar. Éste es el Mediterráneo, nada que ver con el que puso ese fulano”, dijo Don Rodrigo. Guardé el papel y me di la vuelta. Me despedí del hombre y le dije que todo saldría bien. Al instante supe que le estaba mintiendo. Les pedí a los policías que dejaran libre la circulación, de mala gana aceptaron pues no había nada más que hacer ahí. Volví a mi auto y partí hacia el trabajo. Hice dos llamadas esa mañana que marcarían el curso de las siguientes semanas.

A veces miro atrás y pienso en lo que hubiera pasado de no haber llamado a mi amiga Marcia para pedirle ayuda. Ella siendo el amor de persona que es, aceptó inmediatamente y apartó dos asientos en el siguiente vuelo a Monterrey. La otra llamada tardó un poco más pues tuve que buscar una vieja agenda con varios números de antaño. Pasé lentamente las hojas y a veces me detuve para contemplar los recuerdos que llegaron de pronto. Me encontré con varios teléfonos junto al nombre que estuve buscando. Llamé a cada uno de ellos hasta que, varios intentos después, al otro lado de línea una voz muy familiar, contestó con un: “Vaya, ¿por qué tardaste tanto?“.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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