La villa, el hotel y la nada

En la vida hay dos tipos de personas: las que no soportas y las que te sorprenden. Marcia y yo nos conocíamos de muchos años atrás y lo mejor de ella es que nunca dejaba de sorprenderme. Un día de la nada soltó la noticia que había aplicado para un puesto de aeromoza, azafata o como sea que se llame actualmente el mentado puesto, lo consiguió y comenzó su entrenamiento y su aventura de viajar por todo el mundo.

Años después, cuando se dio un tiempo para platicar y ponernos al día, me enteré que el trabajo además le servía como tapadera para su doble vida como agente encubierto en varias misiones ultra secretas… tan secretas que hasta ahí llegó la información y yo tuve que imaginar qué clase de peligros tuvo que enfrentar mientras lucía un ceñido atuendo. Qué calor. 

Así que nuestro viaje de la Ciudad de México hasta Monterrey se nos fue en eso, ponernos nuevamente al día y entrar en detalles de lo que ocurriría cuando llegáramos a nuestro destino. El trayecto seria lo más fácil: ya en la ciudad fronteriza viajaríamos aún más al norte, para tomar la carretera 85 rumbo a Laredo y una vez ahí cruzarnos a la 83 hasta llegar a Carrizo Springs y de ahí un poco más al norte. Eso sí, sin nortearnos.

Si hoy en día fueras hacia donde nosotros viajamos, unos diez kilómetros antes de llegar a la siguiente ciudad encontrarías sólo la flora y fauna local, además de autos viajando por la carretera hacia la civilización. Pero hace unos años en ese lugar se encontraba una gran población: el terreno era de al menos 20 hectáreas, un enrejado con púas servía para marcar el límite de las tierras que conformaban Sagne Ville.

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Al centro de la villa se encontraba un castillo enorme. Realmente no sé las medidas exactas sólo recuerdo que poseía al menos 40 habitaciones, varias áreas de descanso y una terraza, además en sus cercanías se levantaba una cantina, un granero, un pequeño molino, un pozo y un campo de tiro. El gran palacio comenzó como la morada de algún gran hacendado y con el tiempo se volvió una posada y luego un gran hotel que era nuestro destino: el Hotel Agnes.

El chofer del auto rentado en el que viajábamos hacia Carrizo Springs no paraba de platicar sobre lo bello que era América. Cabe mencionar que para los gringos el término América no aplica para todo el continente, sino para su enorme y egocéntrico país. Marcia, de una manera magistralmente cortés, respondía a todos sus comentarios mientras yo me preocupaba por no aporrear al fulano. Mi sufrimiento terminó cuando el auto se detuvo frente a la entrada donde colgaba un letrero que leía Sagne Ville y el chofer bajó del auto para sacar nuestro equipaje de la cajuela.

La espera había acabado. Por fin estábamos frente al lugar que desataría muchos enredos de una vez por todas. Pagamos al hombre por el trayecto y él respondió con un “Thanks a lot and good luck. I hope you find what you’re looking for in there. I’m sure you will”. Marcia se sorprendió de lo optimista del sujeto, pero aún así le preguntó cómo estaba tan seguro de eso. “You know what they say, if you’ve lost track of something, Hotel Agnes is where you’ll find your way”, respondió el fulano. Qué bárbaro. El speech más trabajado del mundo. Seguro le pagan bien a este hombre por promocionar el lugar, pensé.

El chofer subió al auto y se alejó del lugar mientras nosotros nos adentrábamos a la villa para llegar al hotel. No tanto por la urgencia de los problemas a resolver, sino porque estábamos agotados. Y es en esos momentos de necesidad que te encuentras con el otro tipo de persona en este mundo: los insoportables.

El sólo hecho de estar frente al tremendo monumento era increíble: la enormidad del hotel te dejaba sin aliento. Y eso era lo que más nos faltaba después de tan tremendo viaje y el calor del demonio. Abrí la puerta y entramos en el lobby para encontrarnos con el recepcionista. Lo saludamos y él nos dio la bienvenida con un ¡paisanos! y siguió con un speech: “No se preocupen, en este lugar todos nos entendemos. Estamos en Texas, por amor de Dios, todos hablamos español”, dijo. ¡Lo que faltaba, carajo! Otro parlanchín, me dije a mi mismo mientras buscaba lo que quedaba de mi paciencia. Lo peor es que el muy infeliz notó mi inconformidad y aún así siguió explicando la historia del lugar.

Fundado hacia muchísimos años, tantos que no se tenía registro exacto del suceso, el Hotel Agnes perteneció a un tal Jean Heiram, un gran hacendado quien siempre buscó el bienestar de su comunidad, por lo que al morir sus descendientes volvieron su, nada modesta, morada en un refugio para viajeros y amantes de la tranquilidad. Eso, eso exactamente era lo que necesitaba en ese momento, tranquilidad, no una lección de historia local. Como nada más no encontré mi paciencia, corté al tipo y le indiqué el nombre bajo el que se había hecho la reservación. El fulano sonrío y no pude sino esperar lo peor.

“Lo siento mucho, pero por ahora estamos totalmente ocupados. No hay ni una sola habitación disponible”, dijo el hombre ante mi atónita mirada. Marcia intervino y le explicó que no era posible, que habíamos reservado unos días antes y todo había sido acordado exitosamente. “No se preocupen. Ya verán que durante su estancia en el hotel, se darán cuenta que todo lo que necesitan llegará a su debido tiempo”, respondió el encargado.

De pronto me imaginé ahorcando al tipo de la misma manera que Homero Simpson hace con Bart cada tantos episodios. “Necesito buscar a alguien que sí pueda ayudarnos”, dije y el encargado no pudo sino detenerme con las siguientes palabras: “No es necesario que busque, pues no encontrará. Aquello que quiera, se alejará. Lo que esté buscando, no aparecerá. Cuando se libere y deje de pensar, lo que necesite llegará”. Vaya. El hombre tendría un buen futuro escribiendo libros de superación personal.

Di la media vuelta y salí del lobby mientras Marcia agradecía la atención al hombre. No sabía que más hacer. De hecho no había nada más que hacer. Nada en la nada. ¿Pediríamos asilo a alguno de los vecinos? ¿Dónde estarían los vecinos? ¿Caminaríamos hacia el siguiente pueblo? El universo conspiraba en nuestra contra. Llegamos tan lejos para quedarnos cortos, sin planes, sin saber qué hacer. Excepto mentar madres y buscar otro lugar para alojarnos y esperar que Jerry apareciera.

“¿Jerry? ¿A él estamos buscando? ¿Vendrá aquí?”, preguntó mi acompañante. Asentí con la cabeza y le dije que no vendría, que él se encontraba en el lugar. No sabía exactamente en dónde, pero no podía estar lejos. O al menos eso creía. Al parecer ese era el único hotel de la villa. Pero a esas alturas ya no sabía ni qué creer, hasta que el silencio se rompió con un grito que la verdad no me devolvió la esperanza de un buen futuro.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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