En la inmensidad

– ¡Disculpe! ¡Hey, disculpe!

– ¿Qué sucede?

– Disculpe, pero no puede dejar sus maletas en el vestíbulo.

– ¿Perdón?

– No, no se disculpe, el problema es que… sus maletas… están en el suelo del vestíbulo y estamos a punto de limpiar esa sección del hotel. ¿Sería tan amable de moverlas, de hecho, sacarlas de ahí?

El grito que mencioné antes, provino de la mujer que se encargaba de la limpieza del lugar. Lo que acaba de leer es la primera conversación que tuvimos, y a continuación viene el porqué ella se volvió el objeto de mi furia, posición que ocupó primeramente el tipo del lobby.

– ¿Sacarlas? Pero si me voy a hospedar…

– ¿Tiene ya su llave? ¿Puedo verla? ¿Qué número de habitación tiene?

– Todavía no la tengo, pero…

– Entonces realmente no se va a hospedar, por lo que necesito que mueva sus maletas para poder asear. Y sí pudiera hacerlo rápido, no tengo todo el día.

Esa última frase se quedó conmigo por unos momentos. “No tengo todo el día”. Estaba atónito, pero sentía la sangre hervir dentro de mis venas, sentí mi cuerpo retorcerse por un momento, sentí cómo mi curiosidad se escondía y aparecía de pronto ese diablo que todos tenemos dentro, ese diablillo dispuesto a todo, sobre todo a gritar y romper cosas.

– ¡PERO SI ES SU TRABAJO! ¿CÓMO QUE NO TIENE TODO EL DÍA!

Pero la mujer ya se había alejado de nosotros. Cuando me escuchó gritarle, sólo volteó por un instante, me miró y levantó los hombros. Siguió su camino, en dirección al granero y yo estuve apunto de estallar. Marcia se acercó a mi y dijo que buscáramos a alguien más que nos ayudara con las maletas. Como no habíamos visto a nadie más en los alrededores se aventuró a buscar fuera del hotel, mientras yo preferí el interior.

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Me acerqué al vestíbulo cuando caí en cuenta que el fulano inútil que nos había atendido antes había desaparecido. Mire la pared detrás del recibidor y encontré varias decenas de llaves colgadas bajo su respectivo número de cuarto. Todas eran un juego doble, ya sabe, por si la primera se perdía. Diez juegos de llaves para las habitaciones del primer piso, otros diez para las del segundo, una decena más correspondían al tercer nivel y para el cuarto y último conté rápidamente diez. El problema fue que no era así. A veces hacemos las cosas de manera tan abrupta, tan deprisa, que vemos sin ver. En la sección del cuarto piso sólo colgaban ocho juegos de llaves. Lo que quería decir que al menos dos cuartos se encontraban ocupados y no todos, como el fulano inútil había dicho. De hecho era bastante raro que todas las llaves se encontraran en la pared. Tal vez Jerry ya se encontraba descansando en algún cuarto del castillo.

Miré alrededor para cerciorarme que el encargado no estaba escondiéndose de mi o haciéndose el listo y evitándome, cuando noté algo brillante sobre el recibidor: una llave yacía sobre un pedazo de papel. La susodicha tenía el número 410 y en el papel se leía: Disculpe el inconveniente, los datos de su reservación han sido encontrados. Sea tan amable de tomar la llave y alojarse en la habitación que señala la misma. Josué, el botones, se encargará de ayudarlo con sus maletas. Encontrará la habitación tal como la pidió. Atentamente, la gerencia HA.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Al instante quise gritarle a Marcia que ya no había más problema, pero no me pareció adecuado. Después recordé que nadie más estaba en el lugar más que nosotros. Saqué mi celular y marqué su número. El teléfono dio tono varias veces, pero nunca obtuve respuesta. “Mala señal”, pensé. Volví a llamar. Lo mismo. Mi desesperación quiso competir contra mi cansancio, pero éste último no se dejó ganar. Como Josué no parecía estar por ningún lado cercano, tomé las maletas de ambos y subí las escaleras hacia el cuarto piso.

Después de lo que me parecieron miles de escalones, llegué a mi destino y me encontré con un largo corredor. Largo, larguísimo, estúpidamente largo. La distancia entre una puerta y otra era absurda. Así que como pude me arrastre, con todo y equipaje, hasta la que marcaba 410. Inserté la llave, giré la perilla y empujé la puerta. Al abrirse, sentí que todo el peso de mi cuerpo desaparecía, cerré la puerta y comencé a levitar hacia la cama. En cuanto mi cuerpo tocó el colchón todas mis preocupaciones desaparecieron, mis dudas se aclararon y antiguos problemas conmigo mismo se acallaron. Me rendí ante el cansancio del viaje, me rendí ante la constante preocupación que invadía mi mente. Cuando dejé que todo se alejara de mi cabeza, desperté.

Me sentía como un ser nuevo. Me sentía tan bien conmigo mismo. Hasta podría decir feliz. ¿Cuántas veces se ha levantado de una gran noche de descanso y se ha sentido feliz? Hace mucho que no recordaba un momento así. Pero como todo lo que fácil llega, fácil se va: de pronto dejé de sentirme tan alegre y recordé a mi compañera, Marcia. ¿Dónde estaría la mujer? ¿Se encontraría bien?

Su seguridad me incomodó y me levanté de la cama. En cuanto mi cuerpo dejó el colchón nuevos miedos se apoderaron de mí. ¿Cuántas veces se ha levantado de una gran noche de sueño y se ha sentido perdido? De pronto me sentí así. Perdido y solo. Solo y en un lugar que era extraño y además se sentía vacío, lo que le daba un aspecto tenebroso. Macabro, incluso. Era de madrugada y los muebles crujían de vez en cuando. ¿Cómo sentirse seguro en un lugar tan grande y tan vacío?

Me acerqué a la ventana, afuera se alzaba un bosque tremendo, árboles y más árboles. A lo lejos las luces de la ciudad. Cómo me hubiera encantado estar allá. Un nuevo crujido me hizo voltear y contemplar una sombra junto a la puerta. “Es horrible sentirse solo, ¿no?”, dijo una voz y deseé con todas mis fuerzas estar lejos, en la ciudad.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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