Fugitiva

– Ayer tuve uno de los peores días de mi vida. Dime que no vienes a joderme más.

– Tranquilo. Te esperaba desde hacía tiempo.

– ¿En serio? La verdad no creo que nos hayamos visto antes… Digo, no estoy seguro de a quién estoy viendo.

– Vaya que tu visión disminuyó desde que llegaste a la villa. Has pasado por alto muchísimos detalles que antes jamás se te hubieran escabullido…

– Parece que me conoces mejor de lo que creo. Vayamos al grano, ¿quién eres?

– Seré quien tú quieras que sea.

– Me lleva la chingada, me encanta jugar a dar largas

– Seria adecuado reír, pero no estoy de hum+or para hacerlo.

– Yo tampoco.

– Muy bien. Entonces seguimos en sincronía.

– ¿Seguimos? ¿Desde cuándo estamos así?

– Es simplemente que buscamos a la misma persona. Para diferentes fines, claro, pero a la misma persona al fin y al cabo. Estamos aquí para ayudarnos.

– ¿Y nos ayudaremos, entonces?

– No tienes alternativa.

– Qué seguridad.

– Es la realidad.

– ¡QUÉ REALIDAD, NI QUÉ NADA!

– No hay razón para enojarse. Ya entenderás y entonces me ayudarás a detenerlo.

– ¿Detenerlo? ¿Por qué?

– Tal vez no quieras ver que es necesario… pero voy a intentar convencerte. Sobre la cama dejé algo para ti.

La luz de la luna que entraba por la ventana sólo me permitía apreciar vagamente la silueta de la mujer que hablaba conmigo: el cabello rizado bajaba por su cuerpo y se detenía en su cadera, donde su mano se recargaba con un cigarro al acecho. La punta del mismo parpadeaba por las llamas, el humo se perdía en las tinieblas de la habitación. Me senté en la cama y comencé a buscar lo que fuera que estuviera buscando. Mis manos se encontraron con un pedazo de papel, un sobre. La extrañamente conocida voz rompió mi concentración y continuamos la conversación.

– ¿No vas a abrirlo?

– No, no sé qué contiene.

– Esa es la mejor razón para abrirlo.

– ¿Sabes qué hay adentro?

– Claro, faltaba más.

– Entonces puedes decírmelo. Creo que hoy tienes mucho qué decir, Ana.

– Vaya, hasta ahora me recuerdas…

– El cabello y esta seguridad inquebrantable son tu carta de presentación. Lo del cigarro me sorprende, claro. Hubiera preferido una introducción menos agotadora.

– No siempre obtenemos lo que queremos, viejo amigo.

– Cómo nos ha cambiado la vida…

– Nos ha cambiado, y mucho.

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Ana encendió la luz y al fin pudimos tener una conversación frente a frente, sin más sombras de por medio. La sorpresa del encuentro nos sorprendió divagando a nuestros años mozos, con preguntas sobre la familia y el trabajo, pero no tardamos mucho en volver al tema que ambos teníamos en la punta de la lengua.

La mujer me hizo volver mi atención al sobre y por fin irrumpí en el misterio: al menos una decena de pasaportes brotaron del envoltorio de papel y al revisarlos no pude sino preocuparme más por todo el asunto que me tenía en Sagne Ville.

– ¿Dónde está ahora?

– No estoy segura.

– Pero estos pasaportes… Son al menos diez identidades diferentes.

– Es por eso que le perdí el rastro. Si se hubiera mantenido con sólo un perfil, todo sería diferente. No estaríamos aquí.

– Así que ahora la haces de detective, ¿eh?

Ana le dio una fumada al cigarro y lo arrojó al contenedor de basura que tenía a un lado. El recipiente dio un fogonazo y se consumió rápidamente.

– Detective no, pero digamos que tenemos asuntos pendientes.

–Pobre, Jerry…

 – ¿ Jerry ? ¿Aún le dices Jerry?

– Claro. Lo conocí así durante mucho tiempo. Antes del escándalo, la prensa y los escapes. Tiene mucho que explicar, ¿no?

– Yo ya estoy harta de explicaciones. Las dio cuando pudo y hasta cuando no debía. Yo ya no puedo más.

–  ¿Entonces qué estás haciendo aquí? ¿Por qué lo sigues?

-Tengo mis motivos, y mis fuentes me informaron que vendría aquí… así que aquí estoy. Cuando lo encuentres, avísame y después te pondré al tanto de todo. Mi teléfono está adjunto en el sobre.

– ¿Esa es la ayuda que necesitas?

– Lo que necesito es que se quede quieto un rato. Un largo rato…

– ¿Es todo?

– La verdad no. Me están buscando, y pronto a ti también. Este lugar es seguro por ahora, pero demasiado simple e inaccesible para mi gusto. Sé que te sientes igual. No pertenecemos aquí.

– ¿O sea que no te quedarás en Sagne VIlle?

– No gracias. Este lugar me da urticaria. Y tengo entendido que no vendrá solo… No me preguntes más, porque es todo lo que diré por ahora. Ya hablaremos de nuevo, querido amigo.

Con una de sus típicas sonrisas se despidió. Me quedé sentado en la cama de mi habitación, contemplando castillos en el aire entre historias de viejos amigos, amores fugitivos y personas que cambian más rápido que los camaleones ante un ataque depredador.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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