Tortura

A la mañana siguiente hui a Carrizo Springs, donde la conexión a internet no es algo inusual y contacté a Manuel, un auxiliar de vuelta en México para que me ayudara con la información necesaria para localizar a nuestro joven de personalidad múltiple. Después de hablar con las embajadas de una decena de países, reunimos parte de la información necesaria sobre las visitas y aventuras de Stanley, Alfred, Federico, Marcel, Martin, Bruno, Guido… en fin, Jerry. Su estadía en los diferentes puntos del planeta nunca duraba mucho: el hombre jamás permanecía en la misma ciudad por más de una semana, algo bastante difícil para quien vive de la imagen: hay tanto que ver en todos lados.

Bastante cansado, decidí volver al hotel y abrazarme a la maravilla de cama de mi habitación. Desvestirme fue un movimiento casi automático, caer en la cama fue lo más lógico y dormir hasta que todo volviera a la normalidad, mi mayor deseo. Pero una vez más recordé que este lugar lo único que no lograba encontrar era algo normal.

Durante la noche varías veces intentaron abrir la puerta, pero lo único que conseguían era despertarme, alarmado por supuesto, para preguntar quién era. Nunca obtuve respuesta. Al abrir y asomarme al inmenso pasillo, encontraba lo de siempre: nada ni nadie alrededor. Entré al cuarto y más tardé en cerrar la puerta que en escuchar ruidos nuevamente. Me acerqué a la ventana y miré la inmensidad del bosque, busqué en el paisaje un espacio de tranquilidad que me permitiera volver a dormir y más que nada no volverme loco.

El teléfono sonó de pronto y mi búsqueda de tranquilidad terminó antes de siquiera comenzar. Levanté la bocina y de golpe volví a mi realidad cuando la voz del otro lado dijo: “Espero que no te hayas preocupado mucho por mi. Estoy bien, pero tenía qué hacer unas cosas antes de volver a casa”. Era Marcia. Respiré aliviado y traté de no soltarle que le llamaba cada hora sin respuesta alguna. Pero mejor pregunté en dónde se encontraba y cuándo volvería: “Lo más seguro es que mañana esté contigo. Sólo me faltaba atar algunos cabos sueltos. Ya sabes, la chamba es chamba”, contestó y volví a preocuparme. Nos despedimos y colgué el aparato.

¿Será que este viaje fue una misión más para ella? ¿Cabos sueltos? ¿Qué clase de “chamba” estaría haciendo a la mitad de la nada, o peor aún en este pueblo desierto?

Mis respuestas serían contestadas a la mañana siguiente y al fin podría salir de este encierro. Y entonces me di cuenta que no estaba encerrado. Yo mismo decidí quedarme dentro de mi confort mientras el mundo de afuera crujía con ruidos y se perdía en el bosque de Sagne Ville.

Pero lo que más me perturbaba era la dinámica del lugar, todo parecía estar fuera tan vació  y nadie se percataba de ello. Entonces recordé lo que el fulano del lobby dijo a nuestra llegada:

No es necesario que busque, pues no encontrará. Aquello que quiera, se alejará. Lo que esté buscando, no aparecerá. Cuando se libere y deje de pensar, lo que necesite llegará.

Salí de la habitación, recorrí el pasillo, bajé las escaleras, llegué al lobby. Todo desierto. Todas las llaves dobles en su lugar. Salí del hotel, la madrugada me recibió con un ligero pero frío viento. A lo lejos la cantina con sus letreros apagados, el molino inmóvil y en silencio, el bosque obscuro y el granero encendido. Lo miré por un momento. Encendido. ¿Quién trabajará a estas horas? Entonces decidí que ese sería mi destino.

Me acerqué lo más cuidadosa y silenciosamente posible. La luz se hacía cada vez más intensa y sombras volaban aquí y allá de vez en cuando. Cuando estuve junto a la puerta no me decidí a entrar, carajo ¿y si es peligroso? ¿cómo podría no ser peligroso estar a estas horas en tierra de nadie, casi en penumbra? Volví en mí y decidí no seguir con eso, por lo que regresan a mi cálida cama en el hotel no sonaba mal.

De pronto sentí una mano en el hombro y me di vuelta rápidamente pero la mano pasó a mi boca y detuvo cualquier intento de sonido que pudiera salir de ella. Otra mano llegó a mi cuello y me impidió moverme. Mis ojos buscaron identificar al ser al que pertenecían esas manos que intentaban aprisionarme. Capucha en la cabeza, como un delincuente, como una sombra en la noche, como quien busca escapar de imprevisto. Con mis pies aún libres golpeé la pared del granero, que crujió fuertemente. Dejé de moverme y quien me tenía sujeto dejó de apretarme y también se quedó inmóvil.

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“¿Quién está ahí?”, dijo la voz dentro del granero, “salga, tengo armas y  puedo lastimarlo”. Yo no podía responder, aunque quisiera. Era obvio que quien me tenía agarrado no hablaría, hasta que se escucharon pasos. De pronto el sujeto me soltó el cuello y liberó mi boca, dijo levemente un “carajo”, me tiró al suelo y salió corriendo. No pensé en si la persona del granero sería amiga o enemiga pero entré por la puerta junto a mí. Una vez adentro me percaté que el lugar tenía otra entrada, del otro lado del granero. La puerta estaba abierta, pero eso no fue lo que llamó mi atención.

Del techo del granero colgaban ocho cuerpos atados con sogas desde el cuello hasta los pies. Las cabezas iban de aquí para allá y los cabellos flotaban a más de un metro por encima del suelo. Mientras giraban me di cuenta que pedazos de cinta tapaban sus bocas. Quedé helado. ¡Eso era tortura, una locura! Entonces escuché un click, ese sonido que todos los héroes de las películas de acción escuchan, ese sonido del activarse de un arma de fuego, lista para disparar y cruzar el pecho, destrozar órganos y provocar la erupción de mucha, mucha sangre.

Escuché disparos. Muchos disparos. Más disparos. Tenía que salir de ahí.

Me acerqué a uno de los cuerpos y traté de despegarle la cinta del rostro cuando una mujer encapuchada entró por la primera puerta que crucé al llegar a esa granero, que en minutos se volvió en una cámara de secuestro. La miré y lo primero que hice fue levantar las manos en señal de rendición, más que nada por el revolver que tenía en las manos y que seguramente era el responsable de los disparos. No quería morir ahí, así que no tenía alternativa. La mujer me miró y me apuntó con el arma al tiempo que dijo: “Qué sorpresa. Uno más para la colección”.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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