Y así será

Me quedé helado. Simplemente no daba crédito a lo que acababa de suceder. Miré a Ana, tan fría y calmada. Miré el lugar donde hacía momentos se encontraba parada la mujer que me acompañó hasta este infierno. Me acerqué a la ventana y miré hacia abajo. Allá, cinco pisos abajo se encontraba el cuerpo de Marcia, sobre el pavimento y a su alrededor comenzaba a formarse un charco de sangre. Perdí toda noción de la realidad, pues parecía un sueño, un muy mal sueño. Di media vuelta y corrí fuera del cuarto, por el pasillo hacia las escaleras, hasta el lobby, por la puerta principal y finalmente llegué junto al cuerpo malherido.

Me tiré al suelo llorando y pidiéndole a Marcia que aguantara, aunque sabía que no había nada que hacer: no había doctores ni centros médicos cerca, después de que una bala la impactara y que su cuerpo se estrellara contra el pavimento era cuestión de momentos para que su organismo colapsara. La mujer que conocí durante años se transformó ante mi en los últimos días  y tal vez no presté mucha atención.

Toqué su mano y ella volteó la mirada hacia mi y sonrió. Así era ella, incluso en la muerte: fuerte y sorprendente. Movió su mano hacia mi rostro y dijo:

– Discúlpame. Para mi es muy tarde, pero tú aún puedes escapar de este lugar. Si ellos despiertan, ya no habrá  lugar seguro.

Su voz era lenta y muy baja, pero todo se había quedado en silencio. Podía escuchar mi agitada respiración que contrastaba con la tranquilidad de la villa. Era increíble el momento en el que llegó la tranquilidad que tanto pedí, pero que ya no quería. Y todo hizo click. No por el sonido de un arma, ni el crujir del granero o los muebles del hotel, sino porque durante todo el tiempo que estuve ahí nunca quise darme cuenta que me encontraba ahí por una razón que no era casualidad.

La misión de Marcia era llevarme hasta la villa, lograr que Ana llegara en el momento preciso, confrontara a Jerry, que se supiera la verdad sobre Alicia, Camila y su familia y entonces con todo resulto me tocaba a mi contar la historia. Mi misión era hacer que cada sacrificio valiera la pena. Desde los más mínimos hasta los más grandes y trascendentales. Si mi turno ya había comenzado, era momento de mover las piezas para terminar el juego.

– Gracias, amiga. Todo saldrá bien -le dije mientras ella me sonreía y cuando cerró los ojos, esperé lo peor. Me levanté y corrí hacia su camioneta, saqué algunas prendas y cubrí su cuerpo inmóvil con ellas. Me despedí por última vez y regresé al interior del hotel.

Todo me parecía más sombrío, como si el amanecer y su brillo se quedara por fuera de las ventanas, como si no quisiera entrar a este lugar despiadado. Crucé el lobby y llegué a la cocina, busqué en los cajones algún utensilio filoso y me encontré con que todos los cubiertos habían sido asaltados ya por alguien. No me quedó más que buscar un sustituto en otras repisas. Cuando conseguí un picahielos me sentí lo bastante seguro como para volver a la habitación.

Subí lenta y cuidadosamente las escaleras por si algún muerto decidía revivir para sorprenderme. Al llegar al cuarto piso crucé el pasillo y me acerqué a la puerta entreabierta, escuché un momento y el silencio reinaba también adentro, por lo que me decidí a seguir mi camino. Abrí completamente la puerta y ahí estaba Ana, parada junto al agujero que una vez fue una ventana y por el cual había arrojado minutos antes a Marcia. Cuando me miró noté que la satisfacción había dejado su rostro y seguramente su cuerpo y su mente buscaban una nueva emoción que involucrara el sufrimiento de los otros dos cuerpo que seguían inconscientes pero con vida en la habitación.

– Lamento lo de tu amiga, pero creo que lograron despedirse, ¿no? -dijo Ana mientras guardaba su arma y levantaba el machete del suelo-. Tarde o temprano tendría que pasar, pero no pensé que la ocasión llegaría así, tan fácil.

– Por favor, no sigas -respondí- ya no importa lo que ocurrió, ahora debemos concentrarnos en lo que haremos con ellos y los cuerpos de abajo…

– ¿Haremos? Lo único que haremos será dejar todo esto como está y desaparecer por la carretera… estoy segura que pasarán días antes de que alguien venga y se dé cuenta de este desastre. Este pueblo está más muerto que… bueno… todos ellos -señaló a los hermanos, enterró el machete en el buró y luego se acercó al cuerpo de Jerry- pero ya es hora que mi querido despierte.

Observé el cuarto en busca de otra arma que Ana quisiera usar en mi contra. No estaba de acuerdo con su actitud, ni con sus actos y mucho menos con lo que quería hacer para escapar de la justicia. Pero en esos momentos la palabra justicia no me resolvería absolutamente nada. Si lo hacía con cuidado podría llegar hasta el machete y defenderme de un ataque directo, pero si ella decidía usar su pistola, estaría perdido. Necesitaba encontrar el arma de Alicia.

– ¿Quieres que te ayude con Jerry o prefieres que mueva el cuerpo de la otra? -pregunté, Ana me miró y alzó los hombros. En el mundo cotidiano sabía lo que eso significaba, pero en una situación así no estaba muy seguro-.

Volvió su atención al cuerpo de Jerry y comenzó a darle descargas eléctricas con un pequeño aparato negro. El hombre se movía de pronto, a manera de convulsiones, pero Ana no se detenía. De pronto una mujer entró por la puerta y mi primer instinto fue sacar mi arma oculta para defenderme de un posible ataque. Al observarla mejor me di cuenta que era la misma que me pidió que quitara mis maletas del vestíbulo. Ana se sorprendió también, pero sólo un momento, pues pasó de ver a la mujer a mirar mi picahielos y nuevamente a la mujer.

– Martina, por Dios, ya era hora. Necesito que saquen de aquí esos cuerpos -dijo Ana a la mujer que resultó ser otro de los cuerpos que dejamos en el primer piso-. Qué pena por esos dos, a la chica pueden hacerle lo que quieran y a la muerta de afuera dispónganla lo más rápido posible -ante la sorpresa de la mujer frente a mí, Ana sonrió y le dijo- por él no te preocupes, es inofensivo.

Ana conocía a estas personas, y ellas la obedecían. Mi situación se complicaba. Martina bajó la guardia y se acercó a los hermanos muertos, los envolvió con las sábanas de la cama y, con una fuerza sorprendente, los sacó al pasillo. Acto seguido volvió a la habitación en dirección al cuerpo de Alicia. Era mi oportunidad, tenía que apoderarme del arma si quería salir de ahí con vida.

Guardé mi arma improvisada y me acerqué a Alicia, le dije a la señora que yo me encargaría del cuerpo, a lo que ella respondió empujándome. Ahora sí quería hacer su trabajo. Retrocedí dos pasos y cuando volví a mi balance saqué el picahielos y se lo clavé en el ojo derecho. Martina comenzó a gritar de dolor. Rápidamente le arranqué el arma y la clavé en su otro ojo. Con la mujer ciega, me volví hacia el buró, arranqué el machete y di la vuelta justo en el momento en el que Ana se ponía frente a mí.

– ¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO! -gritó mientras desenfundaba su arma-. ¡ESTÁS A PUNTO DE ECHAR A PERDER TODO! ¿CREES QUE ME VOY A TOCAR EL CORAZÓN SI TE METES EN MI CAMINO? ¡ENTÉRATE QUE NO! ¡POR MI TE PUEDES MORIR AQUÍ MISMO! -levantó el arma y me apuntó a la cabeza-.

Sentí miedo, mucho miedo. De pronto dejaba todo lo que conocía, todo lo que un día quise, todo lo que me llenó de alegría y me encontraba en un lugar triste y sin sentido. Había llegado a esa villa sin saber a lo que me iba a enfrentar y me había dado cuenta muy tarde de mi misión. Ni siquiera el machete en mi mano me salvaría de la bala fugaz que Ana podría colocar dentro de mi cráneo en segundos. Pensé en Marcia, en lo trágico de su muerte y en que no podría vengarla. Pensé en el inconsciente Jerry, en lo que sentiría al despertar y encontrarse con su novia en tal estado. Sentí miedo, mucho miedo. Pero tan pronto como lo sentí desapareció, justo cuando escuché las siguientes dos palabras:

¡AL SUELO!

Arrojé mi cuerpo pecho a tierra lo más rápido que pude cuando vi a Jerry levantarse de entre los muertos con arma en mano y ojos de venganza. Jaló el gatillo y la bala impactó en el hombro de Ana, quien soltó un grito de dolor y cayó al suelo entre su arma, la mía y pequeños charcos de sangre. Jerry se aproximó a ella y colocó su pie sobre su espalda, sometiéndola contra el suelo. Me levanté, tomé el arma de Ana y le apunté con ella. Jerry me hizo una señal y entonces corrí hacia el cuerpo de Alicia. Levanté su pálida corporalidad y me di cuenta que estaba muerta. Eso no era nada bueno, pues una muerte de improviso siempre trae otra certera consigo.

YaSiSera

Jerry me miró y al no encontrar una respuesta alentadora en mi rostro tomó a Ana por el cabello y la arrastró fuera de la habitación hasta el pasillo. Tomé el machete e intenté seguirlos, pero al llegar a la puerta dos cuerpos me bloquearon la salida. Se trataba del cantinero y su ayudante. Me apuntaron con un machete cada uno y sonrieron como si fuera el día más feliz de su vida. Pensé en correr pero no tenía manera de evadirlos, a menos que saliera volando por la ventana. Solté el machete y levanté las manos en señal de rendición. Uno de ellos recogió mi arma mientras Ana entraba en la habitación.

– Te advertí que echarías a perder todo -dijo con una voz tranquila- te lo advertí. Amárrenlo.

Los hombres se acercaron a mi me tomaron por los brazos y me sometieron contra el suelo. El cantinero me amarró las manos y el otro colocó un pedazo de tela en mi boca. Revisaron mi ropa y confiscaron las pocas pertenencias que traía conmigo: celular, cartera y los mapas y fotos que encontré en el coche de Ana. Con sorpresa tomó los documentos y encendió un cigarro. Fumó unas cuantas veces, tiró los papeles al suelo y les prendió fuego. Cuando levanté la mirada encontré a Jerry, en las mismas condiciones que yo pero con una pistola apuntándole en la sien. Me miró y lo miré, no había nada más por hacer.

– Llévenlo con el doctor. Está bastante malherido y parece que necesitará la medicación que nunca quiso darle a su noviecita -le dijo Ana a los hombres que me amarraron. Estos me dejaron en el suelo y se llevaron a Jerry fuera de la habitación-. También te dije -me miró fijamente, mientras sacaba humo de su boca- que morirías aquí mismo… y así será.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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