En la obscuridad

Miré a Ana, tan fría y calmada. Tan distinta a como era cuando nos conocimos años atrás. Para mi todo había acabado, ya no tenía nada que perder, no había manera de salir del hotel con vida. No con tantos fulanos al asecho. No con Ana en ese estado de violencia. Se acercó a Alicia y sonrió al observar su cuerpo pálido, inmóvil, sin vida. Levantó su arma, apuntó a la cabeza y disparó contra el cadáver. La cabeza explotó levemente y la sangre comenzó a bajar por su rostro y cuello. Atrás quedó el color amarillento de su piel, pues ahora se marcaba un rastro que bajaba por su figura hasta el suelo. Atrás quedó su imagen viva, apuntándome con un arma, amarrada a un poste en el granero o trastornada por una meta imposible.

– Quiero saber por qué -dije levemente- qué es lo que esta persona hizo para terminar  muerta en medio de la nada. Lejos de la ayuda…

– Mira, no fue mi culpa que se muriera- contestó Ana- fue tu amiga la que le disparó, ¿no? Yo sólo quería torturarla. Divertirme un poco con su sufrimiento, que sintiera todo lo que yo tuve que pasar gracias a su hermana. No es que importe mucho, sobre todo ahora, pero ya que insistes llevarte esto a la tumba. Cuando me enteré que Jerry me dejaría fuera de todos los millones que heredaría con Camila, me decidí a buscarla para hablar con ella, de mujer a mujer. Tal vez pensé que podría persuadirla a alejarse o hacerle ver que ese hombre era basura. Pero la muy idiota no me creyó, por supuesto. Estaba demasiado encantada con Jerry, por lo que tuve que llevármela a dar un paseo-.

– Alguien le dio el pitazo a Jerry y tuve que apresurar todo. Obligué a la idiota a convencer a su familia de pasar unas agradables vacaciones en Sagne Ville. Fue demasiado fácil. Su madre y padre llegaron convencidos que su hija les anunciaría su boda con Jerry. Pero este cabrón logró contactar a Alicia y se sinceró con ella. En este punto pensé que ya no tendría que hacer nada y que ella misma acabaría con él, pero no contaba con que Alicia siempre envidió a su hermana y se enamoró de Jerry sólo por ser el nuevo juguete de Camila. Por mero capricho. Y yo ya no podía aguantar tantas pendejadas-.

– Cuando llegué aquí hice un trato con esta gente y les aseguré muchas personas para sus trabajos sucios. Les dejé a Camila como enganche y prometieron hacer todo lo que les dijera. Claro, al principio se rehusaron, pero cuando conocí la historia de la tal Agnes todo fue más sencillo. La vieja tenía todos los terrenos llenos de cadáveres de extranjeros y gente non grata, por lo que guardar su secreto no sería nada fácil. Los habitantes se revelaron un día y la asesinaron a sangre fría, después de lo buena que ella había sido con ellos al darles un hogar. Años después las razas comenzaron a mezclarse y las personas dejaron de ser taradas, evidentemente. Los fondos desaparecieron con el tiempo y tuvieron que buscar una mejor zona para vivir. La villa se fue vaciando y los que se quedaron la pasaron muy mal hasta que comenzaron a asaltar, violar y vender como carne a los visitantes.

– Son personas desesperadas, abandonadas. Pero claro que no sabrías de qué es capaz alguien solo y traicionado. Se quedaron varados, sin otro lugar al que llamar hogar. Ceden ante lo que sea y siguen a quien muestre algo de liderazgo. Son como cachorros, cachorros de lobo, listos para atacar cuando se les indique. Así que no creas que no dudaré en usarlos para acabar contigo sin intentas algo, lo que sea para escapar.

EnLaObscuridad

Ana terminó un cigarro tras otro mientras contaba lo sucedido durante las últimas semanas. No pude sino pensar en el momento que miré la nota en la que Jerry dejó la pista para llegar al Hotel Agnes y acabar con una venganza de un amor de verano que pasó a la siguiente estación, pero que sí nos amarró de manos y pies y nos arrastró por las escaleras del edificio, a través del vestíbulo, junto a las repisas y estufas de la cocina, por una puerta hacia las bodegas, poco a poco a lo largo de un pasillo y al final hacia el frío y maloliente sótano del castillo que en ese momento se mostraba como un lugar de reposo, pero que en sus entrañas albergaba decenas de jaulas metálicas con cuerpos temblorosos, desnudos y sangrientos.

Los hombres nos arrastraron hacia el final del cuarto, mientras los demás prisioneros se retorcían de dolor, murmuraban, gritaban y se quejaban, maldiciendo a nuestros captores. Ellos eran nuestra voz en ese momento. Ellos sabían lo que iba a pasarnos. Ellos habían sufrido lo que nosotros sufriríamos. Ellos se volvieron nuestros compañeros de celda en el momento que Ana terminó el relato y dijo al cantinero y a su ayudante “llévenselos”. Los hombres botaron a Jerry en una jaula, me tiraron en la siguiente, colocaron candados y luego desaparecieron tras la puerta que cerró con un gran estruendo.

 Pensé en la noche que dejó tan confundido a Don Rodrigo, en las llamadas que hice para investigar el lugar en el que me encontraba cautivo, la repentina aparición de Ana, los cuerpos amarrados que después me amarrarían a mí, los disparos, los autos, los documentos y la fotografías de la familia de Camila y Alicia. Pensé en Marcia, en su cuerpo cubierto por unos cuantos trapos a merced de estas personas enfermas. Pensé en Jerry. Pensé en mí. Atados de manos y pies, sangrando, con nuestra fuerza mermada y la esperanza destrozada, quedamos tumbados en las frías jaulas a la espera de nuestro destino, acompañados de la misma muerte, solos y en la obscuridad.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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