En silencio

Eran las seis de la tarde cuando el ser pequeño llegó hasta el punto de encuentro: una banca despintada, rota y vieja en la parte sur del parque, la menos concurrida, la parte olvidada. Tras mirar rápidamente su reloj, se percató que alguien se acercaba. Una figura de gran tamaño envuelta en una gabardina y cubierta por un sombrero se detuvo frente a él y dijo levemente:
– Es hora. 

Cruzaron el parque hasta la parada de autobuses en la esquina de la calle de enfrente. Pasaron unos minutos hasta que un vehículo arribó, gente descendió y muchos otros ascendieron, el autobús se fue y ahí quedaron ellos. El siguiente auto tardó en llegar, pero esta vez ambos lo abordaron. Pagaron la tarifa y sin decir palabra recorrieron el pasillo para acomodarse en los últimos asientos. El recorrido fue como hasta ahora, en silencio. Calle tras calle, avenida tras avenida, uno miraba a la gente pasar por la ventana y el otro al lado contrario.

Cuando el autobús llegó al centro de la ciudad y estacionó en una base debajo de un puente, solo quedaban ellos dos. Ambos bajaron del vehículo, subieron a la acera y comenzaron a caminar uno detrás del otro. Bien parecía que la figura en la gabardina cuidaba del pequeño ser que andaba delante suyo. De pronto el primero se detuvo y miró a ambos lados de la calle. Se veía confundido, agobiado, perdido. Bajó la mirada y se encogió de hombros. Entonces cambiaron de lugares y retomaron la caminata uno detrás del otro.
Después de 20 minutos de viaje, doblaron la esquina y se detuvieron frente a un viejo edificio, el primero se hizo a un lado y el pequeño tocó el timbre. Tras unos segundos la puerta se abrió tras un sonido chillante. Ambos se miraron y un momento después cruzaron la puerta. Un pasillo largo y muy angosto les esperaba. Lo atravesaron y llegaron a una pequeña sala de espera con cuatro sillones individuales, tres de los cuales estaban ocupados. Del otro lado del cuarto se encontraba una gran puerta de esas gigantes que ya casi no se hacen. Las personas que esperaban rápidamente miraron hacia la entrada donde la figura del pequeño se movía lentamente hacia el sillón vacío. Cuando el mueble estuvo ocupado, los demás dejaron de mirar.
La gran puerta se abrió un poco y una voz pronunció el nombre del pequeño. Los demás voltearon a mirarlo nuevamente y el pequeño se levantó del sillón y se dirigió a la puerta. Miró atrás buscando a la figura en la gabardina, pero lo único que encontró fue su sombrero flotando en el aire. Después de unos momentos desapareció. El pequeño se volteó, cruzó la puerta y ésta se cerró tras él. 
– Ahora sí creo que es todo, doctor. Me he vuelto total y completamente loco.

Autor: León Alberto

I Was Pandora... And Then I Got Over It.

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